Juanmi Armuña

 

Cada 2 de septiembre hago lo mismo: cojo la caña, preparo un termo de café y me voy a pescar al Muelle España. Se me viene a la cabeza lo que me suele decir mi amigo Mustafa: «Paco, si quieres llevar pescado a casa, ve al mercado, que se te da mejor que la pesca». Otros me preguntan por qué no acudo a los actos oficiales, por qué no me emociona el discurso de un presidente que organiza un evento a medida para darse un baño de masas con los más distinguidos de la sociedad, ni las medallas que cada partido reparte entre los suyos. Un acto en el que la lucha autonomista no está invitada y al que, sin embargo, llaman Día de la Autonomía. Qué ironía.

Yo siempre respondo lo mismo: porque no encuentro nada que celebrar. Y no será por falta de amor a esta tierra. Al contrario. Amo Ceuta con la misma naturalidad con la que respiro. Con la misma intensidad con la que abrazo a mi madre. Amo sus amaneceres, el olor a salitre cuando el mar está en calma y las voces entremezcladas de sus barrios.

Mientras observo la boya balancearse sobre el agua, pienso en lo que significa realmente esta fecha. El 2 de septiembre conmemora el nombramiento de Pedro de Meneses como gobernador tras la conquista de Ceuta en 1415. Y por mucho que algunos se empeñen en adornarlo, ese capítulo que precedió a aquel nombramiento fue una masacre. No fue una fiesta de convivencia ni el nacimiento de un crisol de culturas. Fue una conquista, con vencedores y vencidos. Con un reguero de víctimas.

Me niego a aceptar que el episodio de la historia que se conmemore en el ‘día grande’ de mi pueblo hable únicamente de guerras y de grandes militares. No quiero que se escriba con su sangre.

En mi camino desde el Recinto hasta el Muelle España me encuentro con la estatua de Pedro de Meneses —o eso dicen que es—. La observo sin rencor, porque la historia no debe borrarse, pero tampoco glorificarse. No entiendo que se presenten como héroes caballas a quienes llegaron pagados por un reino para conquistar unas playas que no eran las suyas. Los héroes de un pueblo son otros.

Para mí, los héroes son quienes construyen en lugar de destruir; quienes unen en lugar de separar; quienes comprenden que la identidad de Ceuta no nace de una batalla, sino de la suma de todas las personas que han vivido y viven en ella. Nuestra historia no debería levantarse alrededor de episodios militares, sino de figuras civiles, democráticas y ejemplares. Como tantos hombres y mujeres que sirvieron a la ciudad antes que a cualquier bandera.

Yo, para mi historia, quiero un líder valiente. Alguien que no se venda a unas siglas porque su gente esté por encima de ellas y esa sea su única ideología. Quiero gobernantes que derramen sudor por esta tierra y no discursos vacíos para levitar mientras invitados de postín aplauden. Personas cuyas obras merezcan permanecer en la memoria colectiva mucho después de que sus nombres desaparezcan de los periódicos.

Quizá por eso cada 2 de septiembre sigo viniendo aquí, al borde del mar. Porque entre el silencio de la pesca y el rumor de las olas encuentro más verdad que en muchas ceremonias. Y mientras espero que pique algún pez, una boga en el mejor de los casos, miro hacia Ceuta y pienso que el mejor homenaje que podemos hacerle no es celebrar una conquista ocurrida hace algo más de seis siglos, sino construir entre todos una ciudad de la que nuestros hijos puedan sentirse orgullosos. Eso sí sería motivo de celebración.
Cada año. Cada día.

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