La noche había caído sobre el pueblo como un telón de terciopelo negro. La plaza olía a vino derramado, a humedad de piedra vieja y a pintura de carnaval. Desde los balcones colgaban sábanas convertidas en banderas improvisadas y entre el humo de las bengalas flotaban papelillos como si hubiese nevado febrero sobre la miseria.

Frente al pueblo entero se levantaba el teatro. Rojo. Desmesurado. Ridículo y hermoso. Con las puertas todavía cerradas.

Y entonces apareció el alcalde. La gente guardó silencio. Llevaba un frac viejo lleno de lentejuelas, una vara de mando rematada con la cabeza de un bufón y la cara pintada mitad de blanco y mitad de colores, como si la tristeza y la alegría estuvieran peleándose dentro de él. Subió despacio al escenario levantado frente al teatro. Miró al pueblo. Sonrió. Y comenzó a hablar.

—Vecinos…

(Se escuchan tambores a lo lejos.)

—Ciudadanos…

Pobres de solemnidad…

Hambrientos de pan y también de canciones…

¡Bienvenidos al único palacio que vais a heredar en vuestra puñetera vida!

(El público ríe y aplaude.)

—¡Sí!

¡Reíos!

¡Reíos fuerte!

¡Que tiemblen las ventanas de los despachos donde viven los que jamás pisan una plaza!

Porque os diré una cosa…

Los poderosos soportan mejor el hambre del pueblo que su alegría.

El hombre triste agacha la cabeza.

El hombre asustado obedece.

Pero el hombre que canta…

Ay…

El hombre que canta ya es peligroso.

(Pausa.)

Y el que canta riéndose…

Ese ya no tiene dueño.

(Gran ovación.)

—Por eso he levantado este teatro.

No para los ministros.

No para los banqueros.

No para los hijos de los que siempre mandaron.

¡Este teatro es para vosotros!

Para el albañil que silba coplas mientras se deja la espalda.

Para la mujer que sonríe aunque lleve media vida remendando desgracias.

Para el viejo que ya no tiene dientes pero todavía tiene memoria.

Para el niño que aún no sabe que el mundo intentará callarle.

¡Este teatro es del pueblo!

(Se golpea el pecho.)

¡Y un teatro del pueblo nunca es solamente un teatro!

Es una trinchera.

Una barricada hecha de telones rojos.

Una iglesia pagana donde los santos llevan antifaz y cantan por tanguillos.

Una fábrica de carcajadas contra el miedo.

Porque el miedo…

¡Ay, el miedo!

El miedo ha gobernado este pueblo demasiados años.

Miedo a hablar.

Miedo a perder el trabajo.

Miedo a señalar al ladrón.

Miedo a cantar demasiado alto.

Miedo incluso a reírse.

Y yo os pregunto esta noche…

¿De qué sirve vivir con la boca cerrada?

(El público grita.)

¡¿DE QUÉ?!

—¡De nada! —responden algunos.

—¡Exacto!

¡De nada!

Porque hay silencios que alimentan monstruos.

Y aquí donde me veis…

Viejo…

Loco…

Pintado como una puerta de feria…

Yo ya no le tengo miedo al ridículo.

Porque descubrí una cosa maravillosa:

cuando un hombre pierde el miedo a parecer idiota…

los tiranos empiezan a temblar.

(La plaza estalla.)

—¡Sí!

¡Temblad, golfos!

¡Temblad, traidores!

¡Temblad vosotros, que os creíais dueños de las gargantas del pueblo!

Porque llega febrero…

Y febrero tiene muy mala leche.

Febrero pone coloretes de vergüenza en la cara del sinvergüenza.

Febrero convierte al barrendero en poeta.

Al camarero en filósofo.

Al pobre en juez.

¡Y al poderoso en caricatura!

(Se escuchan cajas y bombos más fuertes.)

—La cultura…

Escuchadme bien…

La cultura no es un lujo.

No.

El lujo es vuestra ignorancia.

La cultura es un arma.

El último cuchillo limpio que le queda al pobre.

Una copla puede abrir más heridas que un disparo.

Una carcajada dicha a tiempo puede salvarle el alma a un hombre.

Por eso nos quieren mudos.

Porque un pueblo que ríe unido…

termina pensando unido.

Y un pueblo que piensa…

ya no se arrodilla tan fácilmente.

(Pausa larga.)

El alcalde mira las puertas cerradas del teatro.

Sus ojos empiezan a humedecerse.

—¿Sabéis por qué levanté este lugar?

No fue por gloria.

Ni por votos.

Ni por dejar una estatua.

Lo hice porque un día vi a mi pueblo caminando con la cabeza agachada.

Y comprendí que un pueblo sin canciones…

es un cementerio que todavía respira.

Por eso levanté este templo.

Para que podáis entrar derrotados…

y salir valientes.

Para que vengáis rotos…

y os reconstruyan los aplausos.

Para que el que nunca tuvo voz descubra que también puede llenar un escenario.

Porque todos llevamos dentro un personaje amordazado esperando salir.

(Pausa.)

Y esta noche…

Esta noche vamos a romperle el candado al alma.

(El alcalde levanta la vara hacia el cielo.)

—¡Que entren los tambores!

(Comienan a sonar con fuerza.)

—¡Que entren las máscaras!

—¡Que entren los locos!

—¡Que entren los poetas sin dinero!

—¡Que entren las viudas de la alegría!

—¡Que entren los que aún creen en la belleza aunque les hayan destrozado la vida!

(La multitud ruge emocionada.)

—Mientras haya una garganta valiente capaz de gritar verdades aunque se quede sola…

¡NADIE PODRÁ SILENCIAR AL PUEBLO!

(El alcalde golpea tres veces el suelo con la vara.)

Las puertas del teatro comienzan a abrirse lentamente.

Una luz dorada inunda la plaza.

La gente contiene la respiración.

Y el alcalde, ya completamente roto de emoción, grita con lágrimas en los ojos:

—¡Entrad!

¡Entrad, carajo!

¡Entrad a reíros del miedo!

¡Entrad a cantar vuestras miserias!

¡Entrad a maquillar las heridas!

¡Entrad a soñar aunque el mundo se esté cayendo a pedazos!

Porque mientras exista una máscara…

una copla…

una candileja encendida…

y un “tirititrán” resistiendo en febrero…

¡JAMÁS VOLVERÁN A CALLARNOS!

Y entonces el pueblo entró al teatro como quien entra por primera vez en la libertad.

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