11 de julio de 2010. Abría las puertas de la redacción. Eran las ocho de la mañana, aunque el reloj marcara cinco minutos de más, esa pequeña trampa cotidiana que ayudaba a no llegar tarde a las convocatorias.

La ciudad aún dormía, pero en el aire ya se respiraba algo distinto: el aroma de un día grande. Y aquello alimentaba la ilusión de un aprendiz de periodista que, con 26 años, estaba a punto de vivir una jornada laboral histórica, de esas que probablemente se prolongarían hasta el día siguiente. Me había propuesto llegar temprano para llevar controlado todo lo que se podía controlar.

No iba a contar que ya éramos Comunidad Autónoma, que se acababa el paro o que el Ceuta había logrado un ascenso. Pero asistir al modo en que un pueblo entero podía estremecerse viendo a su selección de fútbol disputar una final de un Mundial tampoco estaba nada mal.

Aquel día, entre vacaciones, permisos y descansos de fin de semana, me había correspondido estar al frente del periódico como jefe de Sección. No sentía, desde luego, la presión de Vicente del Bosque, pero para mí aquello constituía un reto importante. Me tranquilizaba pensar que había aprendido observando trabajar a Carmen y que podía tenerla al otro lado del teléfono para cualquier cosa que necesitara. Del Bosque tenía a Iniesta, Xavi, Ramos y Casillas; y yo estaba acompañado por Ana Dueñas, Nacho Gallego, Reduan Benzakour, Asier Solana y Dani Vicente. Nada podía salir mal.

La mañana transcurrió con calma. Monté las páginas de Opinión mientras Nacho hacía las suyas y las entregaba sin nada que corregir, como nos tenía acostumbrados. Asier había dejado sus páginas congeladas y Dani escribió pronto la noticia de dos fichajes del Ceuta. Con algunos temas que había ido guardando, escribí varias. Recuerdo que una de ellas trataba sobre una unidad hospitalaria que se habilitaría en el nuevo centro penitenciario, otra de noticias sindicales y una contraportada que contaba la historia de la única celda de la prisión en la que no se celebró la victoria de España, la que ocupaba un holandés.

Ana estuvo allí durante todo el día. Sentada en la mesa de cierre, con esa actitud de comandante, pero también de compañera, amiga y hermana, que permanece atenta a cada detalle para que todo funcione como debe. Siempre con una extraordinaria capacidad de trabajo y un criterio que convencía a cualquiera.

Por la tarde, el periódico estaba prácticamente montado. Solo faltaba incorporar la noticia que convertiría aquella jornada en algo verdaderamente especial. Y me fui a la Ribera a disfrutar del partido.

Lo que ocurrió frente a aquella pantalla gigante no hace falta contarlo. Hay momentos que pertenecen a la memoria colectiva y que, precisamente por eso, no necesitan demasiadas palabras.

Al regresar a la redacción, la alegría se mezclaba con esa tensión inevitable que aparece cuando has pedido a la rotativa unos minutos más para poder cerrar. Había que montar dos sábanas con las fotos que Reduan y Asier habían tomado de los festejos, montar la crónica de la final y hacer una portada. Y quedamos en que en ella aparecería Casillas levantando la Copa del Mundo. Nada más. Aquel día eso lo era todo.

Aquella portada la enmarqué. No sé si por la victoria, por lo que significaba aquel momento o por todo lo que había vivido durante aquella jornada junto a la familia farista. Seguramente fue por todo ello. Porque aquel 11 de julio no solo ganamos un Mundial. También vivimos uno de esos días que, muchos años después, siguen teniendo el mismo olor, la misma emoción y la misma luz. Y yo tuve la suerte de vivirlo desde la

redacción.

 

 

 

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