El Seminario organizado por AGRUCAR y celebrado en octubre de 1995 contó con la participación de personajes reconocidos en el mundo del Carnaval ceutí. El autor Valeriano Hoyos fue uno de los ponentes. Su intervención decía así:

«Antes de entrar plenamente en la materia que me ocupa, quiero dejar bien patente mi intención de no ser dogmático, es decir, no pretendo que los pensamientos, ideas y opiniones que voy a expresar sean la verdad en esto del Carnaval, aunque tampoco creo que llevando esa intención lo lograra. Lo siguiente es simplemente una visión de cómo me gustaría a mí que fuera, y si de algo sirve, como se dice en mi pueblo, bendito sea.

Sé de antemano que no voy a ser muy optimista en todos los sentidos, pero la intención que me mueve es la de ver los aspectos negativos para intentar huir de ellos.

La situación global del Carnaval ceutí, la verdad es que no es muy halagüeña, por cuanto que, no nos engañemos, atravesamos tiempos muy difíciles en todos los ámbitos de la fiesta, en la calle, en el tema del teatro, etc. Y aunque si bien, por un lado el nivel de las agrupaciones que cantan va muy poquito a poco mejorando, el CARNAVAL, dicho así con mayúsculas, está un poco tocado del ala, y cuando digo Carnaval no le pongo el apellido Ceutí, puesto que creo que en muchos sitios, incluido Cádiz, el ambiente popular carnavalero no está muy sano que digamos, si bien es verdad que los concursos son los encargados de sustentar la fiesta, y es por eso por lo que la crisis no les afecta demasiado.

Aunque agrupaciones oficiales y agrupaciones callejeras forman parte de un todo, para mí me resulta más sencillo analizar el tema usando la anterior división, y así incidir en los puntos claves de la materia, de la que intentaré centrarme sólo en el terreno que directamente me interesa, el del Carnaval de Ceuta.

 

La calle

Haciendo uso del refrán “cualquier tiempo pasado fue mejor”, atrás quedan los buenos tiempos que a todos nos han llegado por referencias de nuestros mayores, y siendo imposible que vuelvan, de lo que estoy seguro es que sería muy positivo rescatar de ellos lo que estuviese en nuestra mano, y fuera bueno para la fiesta.

Para dejar patente mi sentir sobre lo que representan los carnavales de antes, y expresar lo que creo que aún quedan de esos tiempos y que no debemos perder, voy a incluir aquí el texto de un artículo que publiqué en el diario ‘El Faro’, en fecha 28 de enero de 1993, y que decía así:

 

Muchas veces, infinidad de veces, he oído decir a gente mayor: “Carnavales, los de mis tiempos sí que eran carnavales”, y, aunque todas las comparaciones son odiosas, creo que para hablar del Carnaval actual de Ceuta sería muy positivo contrastarlo y reflejarlo en el espejo del ‘Carnaval de antes’.

En primer lugar, el rapto cultural que supuso la censura de la posguerra, hizo que nos quedáramos sin padres que salieran disfrazados en la cabalgata, sin parientes que cantasen en murgas, sin locales donde, furtivamente desde la puerta, escuchar a la murga ganadora del año anterior, sin que nuestras madres nos cantaran esas cancioncillas que les hicieron gracia y que por su facilona, pegadiza y entrañable tonada hicieran de nanas improvisadas, en fin, hizo que los que no conocimos el hambre, los piojos y las cartillas de racionamiento, no ‘mamáramos’ de la gran teta del Carnaval.

Por lo tanto, el Carnaval actual surge en un primer momento desarraigado, huérfano de padre y madre, que busca ansiosamente, y ahí es donde estriba la diferencia entre la concepción antigua y la actual, el cariño y el ejemplo de otro gran carnaval: el gaditano.

No soy gran conocedor del Carnaval de antes de la guerra, sólo sé lo poco que he oído de personas, generalmente muy mayores, que me han contado y cantado el gran tesoro musical que guardaron durante muchos años, incluso recuerdo un caso que me ocurrió hace unos años, en el que una señora, después de cantarme susurrando y con las ventanas cerradas copillas de la época, me decía en voz baja: “De esto, que no se entere nadie, ¡eh!”.

Técnicamente las murgas, como así se denominaban, no estaban sujetas al reglamento que hoy impera en cuanto al repertorio, componentes e instrumentación, eran agrupaciones por tanto con un alto grado de improvisación a la hora de la composición musical de un repertorio, donde se usaban generalmente los ritmos de tres por cuatro y cuatro por cuatro, marcando el compás a golpes de caja y bombo, e incluso de bastón en el suelo. La ausencia de reglamentación también hacía posible que existieran enormes murgas, digo enormes porque su número de componentes era bastante elevado.

Siento una gran curiosidad al pensar qué hubiera sido del Carnaval de Ceuta de no haber existido ese truncamiento que supuso la guerra y cómo habría evolucionado: quizás nos hubiera llevado al mismo de hoy, o quizás no. Lo cierto es que, a buen seguro, la «revolución gaditana» de la afinación e inclusión de la guitarra, aunque en Ceuta ya se usaban estas últimas, nos hubiera salpicado tomando así el camino seguido por la Tacita. Es por eso que la influencia gaditana marcará el ‘borrón y cuenta nueva’ que ha experimentado el Carnaval de esta ciudad.

En conclusión, para mí, ninguna de las dos formas de concebir el Carnaval (la antigua y la contemporánea), no son ni mejor ni peor, ni con más ni menos calidad, ni siquiera diferentes, por cuanto que, atendiendo al contenido y al origen, son iguales, por lo que, ya sea con nudillos en los mostradores o con guitarras, con una sola voz o con varias voces, con churretes en la cara o con caros disfraces, son los carnavales, como digo, el medio ideal para que un coplero, como simplemente me considero, derrame su ignorancia buscando tan solo la sonrisa del que lo oye.

Pero de lo que estoy seguro es que algún vejete me quitará la razón.

Para animar de nuevo la calle, y hacer residir en esta el Carnaval, sería necesario entender que la gran mayoría de los que forman el Carnaval popular, son precisamente esos, el pueblo, es de donde manan todas las ideas y hacia las que hay que dirigir la gran mayoría de las iniciativas, entendiendo a las agrupaciones como un medio y no como un fin.

Así sería interesante rescatar del pasado eventos como por ejemplo el Baile de la Prensa, cosa que se intentó en el carnaval del año 1985, pero que no ha continuado produciéndose en posteriores carnavales, siendo la experiencia aquella muy positiva, así como cualquier otra que produzca la participación de todos.

Yo no creo que el que la gente no se disfrace, o sea, que no participe plenamente en el Carnaval, sea solo un problema de dinero e imaginación por parte de las administraciones, por eso pienso que sería más interesante atacar a la gente haciendo constar esta fiesta como una TRADICIÓN más sin que se dude de su existencia, provocando así que la participación sea inevitable desde lo más hondo de nuestras raíces y costumbres. En resumidas cuentas, que forme parte de nuestra cultura.

Si bien es ardua la tarea anterior, se podría potenciar por parte de las administraciones (Ayuntamiento, o Asamblea como ahora se dice) la creación de peñas, que dejasen filtrar, por medio de sus actividades (participación en las cabalgatas, potenciación de agrupaciones callejeras, oficiales, infantiles y juveniles) esa tradición carnavalera, empapando así el resto de costumbres sociales e intelectuales que forman la cultura.

Tampoco creo que fuera positiva una participación total de la Administración en esas peñas, ya que si bien el dinero de subvenciones llega fácil, y por tanto se gasta fácil, el grado de compromiso con las actividades se vería mermado por la intencionalidad parcial y partidista que rezuma todo lo que tocan los intereses políticos, cuanto más en una ciudad pequeña como Ceuta. Son las ventajas e inconvenientes del ‘Carnaval del Estado del Bienestar’, donde el dinero público lo regaría todo, pero al servicio de la maquillada imparcialidad.

Tampoco opino que la Administración no deba apoyar en nada al Carnaval, más bien creo, sinceramente, que esa ayuda solamente tiene que ser para despegar, y se crearan automáticamente, por parte de esas peñas que organizaran actividades carnavaleras, medios que potenciaran la autonomía de las mismas en todos los sentidos.

No creo que sea una tontería lo que estoy diciendo porque hemos visto ya ejemplos de politización del Carnaval. No quiero contar nada pero basta con que mencione la palabra ‘carpa’ para que a todos se nos venga a la mente una situación en la que los intereses políticos se dejaron asomar por parte de la Administración. Y otro ejemplo que deja ver que tampoco es beneficioso tanta subvención es la contestación a la pregunta: ¿cuántas agrupaciones carnavalescas seguirán existiendo si anularan las subvenciones? Conste que me las ofrecen y las vengo cogiendo todos los años, eso es un ‘mea culpa’, pero habría que analizar ese tema y contestar a la pregunta que he formulado y si de la respuesta sale que alguna desaparece, yo me plantearía muy mucho lo que nuestro Carnaval tiene de tradicional.

Si bien, como he dicho antes, la crisis del Carnaval no es problema, en cuanto a los organismos oficiales se refiere, solamente de dinero e imaginación, esta última tendría que campear a sus anchas en las actividades de las peñas, asociaciones de vecinos, etc., o cualquier otra asociación de diversa índole, recurriendo siempre a la motivación de hacer participar en las tradiciones, pero una imaginación sin reducir todo a Cabalgata y bailes, terminando estos últimos, como siempre pasa, en verbenas, y para eso está el verano.

Hablando de la Cabalgata, esta ha de ser, ante todo, un espectáculo, en el que se produzca una relación interactiva público-participantes, estudiando los recorridos para facilitar las posibilidades de participación del público, por ejemplo escenarios (que últimamente ya los ponen), o la creación de una gran fiesta, con música en plena calle, al final del recorrido.

(…) e incluso estudiar la posibilidad de una Cabalgata sin recorrido, donde solo existiese un punto de partida y otro de llegada. Como ven, aunque esto último pareciese una tontería, el caso es echarle imaginación

Por tanto, habría de ser una Cabalgata ‘in crescendo’, e incluso estudiar la posibilidad de una Cabalgata sin recorrido, donde solo existiese un punto de partida y otro de llegada. Como ven, aunque esto último pareciese una tontería, el caso es echarle imaginación. En la cabalgata las agrupaciones que cantan son solo un medio y no un fin y eso hay que tenerlo bien presente, si bien hay que entender el hecho de que el lucimiento de las mismas se hace cantando, por lo que creo que ya está bien que el concejal de turno nos venga dando la vara cuando nos paramos a cantar, diciéndonos que rompemos la cabalgata. ¡Señor, échele usted imaginación!

Las actividades paralelas siempre son interesantes, pero si bien no necesariamente tendrían que hacerse relacionadas con el Carnaval directamente, la existencia de estas últimas hace que el que no participa en el sentido ortodoxo del Carnaval porque cree que sería incapaz de disfrazarse, pero en cambio, por ejemplo, es aficionado a la fotografía, participaría en un concurso de fotografía con el tema Carnaval, y ya habría un participante más contribuyendo, sin saberlo, a engrosar, de forma ortodoxa, la más pura tradición carnavalera. Lo del concurso de fotografía es solo un ejemplo, pero recurriendo a la protagonista del párrafo anterior, la imaginación, imagínense ustedes, valga la redundancia, la cantidad de actividades paralelas posibles. Ahora bien, si viene el señor concejal y oyendo lo anterior me dice: “yo estoy harto de hacer actividades paralelas y nadie participa”, mi contestación es clara: las actividades hay que saber venderlas y para eso hay que recurrir a lo mismo, imaginación.

(…) el Carnaval, por mucho que me pese, no forma parte aún de nuestras tradiciones, no es “lo nuestro”

Visto lo anterior, parece que con imaginación se llega a todos los sitios. No, no señor, lo cierto es que a ese hipotético señor concejal le falla su pueblo, y eso es lo que en cierta forma ocurre en esta ciudad, nos falta iniciativa popular, ya que como he dicho antes, el Carnaval, por mucho que me pese, no forma parte aún de nuestras tradiciones, no es “lo nuestro”.

 

Agrupaciones

No tiremos las campanas al vuelo, el nivel de nuestras agrupaciones sigue siendo, por ahora y en conjunto, mediocre. Aunque bien es verdad que el nivel técnico de las agrupaciones de otras ciudades es infinitamente superior, nadie le va a cantar a esta ciudad como solo lo haríamos nosotros. Solo nosotros la respiramos, la saboreamos, la sufrimos, en fin, la entendemos, de ahí la importancia que tiene que el Carnaval entre dentro de las tradiciones con mayúsculas y formar parte de nuestra cultura, sin que esta última, la cultura, tenga que llevar el apellido de ‘popular’, ya que eso la enmarca dentro de unos márgenes que no creo que esta fiesta, por lo menos en el sentido peyorativo que encierra la cultura popular, se merezca, ya que el Carnaval también tiene arte, señores.

Para hablar en principio de las agrupaciones, es necesario plasmar la importancia que tiene el reglamento, importancia tanto por su existencia como por su ausencia, y me explico:

En primer lugar, el reglamento que tenemos es el gaditano, y no está mal, ya que, como dije antes, las agrupaciones ceutíes son, en cuanto a forma, gaditanas. Ese reglamento, el gaditano, ha ido evolucionando a medida de las necesidades que el propio concurso tenía. Por ejemplo, se reglamentó la existencia de la comparsa a raíz de que un ilustre compositor gaditano, Paco Alba, creara una agrupación que difícilmente, por su afinación y elegancia en los temas que tocaba, podría ser encuadrada en las maneras de una chirigota. El concurso necesitó de otra modalidad, de gran éxito en nuestros días. Lo que quiero decir con esto es que de la noche a la mañana el señor Alba no dijo “voy a inventar la comparsa”, sino que fueron los dictados que imponía el concurso, los que hicieron necesarias las modificaciones del reglamento para encuadrar correctamente aquellas agrupaciones que sonaban distintas. Otro tanto de lo mismo ocurre con el tema de los tiempos de duración de presentación, pasodobles y popurrí, ya que han sido las necesidades del concurso las que han hecho que estén reglamentadas. Me explico: los jurados de Cádiz anualmente tienen que puntuar cientos de agrupaciones, por lo que es necesario que el número de agrupaciones diarias tenga que ser el máximo posible, reduciendo así el número de días de concurso, así es que, en consecuencia, los tiempos se han ido acortando paulatinamente. Otro ejemplo significativo de hace algunos años es que, para hacer posible las retransmisiones televisivas, los espacios entre las actuaciones de las diversas agrupaciones tenían que ser el mínimo posible, por lo que hasta ese tiempo fue reglamentado.

Lo que quiero dejar patente en el párrafo anterior es que los gaditanos tienen sus propias necesidades a la hora de reglamentar un concurso, sin que esas necesidades se planteen en esta ciudad, desgraciada o afortunadamente.

Digo desgraciadamente porque la fama, el tiempo que le dedican, su popularidad y profesionalización ha elevado la calidad del concurso, llevando el mismo a cotas que hace unos años eran insospechadas, y provocando, por el contrario, el recelo de los puristas.

Digo afortunadamente porque sin esas necesidades que enmarcen, filtren o pongan márgenes al concurso, podríamos utilizar a nuestro antojo a la madre del Carnaval, ‘la libertad’, es decir, libertad creativa en los repertorios, instrumentos y demás, todo ello sin olvidar lo tradicional, primando así el ingenio y la creatividad, siendo la pura ‘ley del público’ la que cribe en forma de ‘ley natural’ lo que más guste, abriendo mejor así el paso a las innovaciones, que también son necesarias.

(…) creo que el reglamento debe presentar un marco lo bastante ancho para que la creatividad tenga el menor número de márgenes posibles. De nada valen, para mí, la reducción en los tiempos de popurrí, por ejemplo, ya que será el público quien marque instintivamente, el tiempo cabal de los mismos

Por todo creo que el reglamento debe presentar un marco lo bastante ancho para que la creatividad tenga el menor número de márgenes posibles. De nada valen, para mí, la reducción en los tiempos de popurrí, por ejemplo, ya que será el público quien marque instintivamente, el tiempo cabal de los mismos.

Como dije antes, esa libertad facilitaría las innovaciones que, siendo necesarias, tampoco son excluyentes con lo anterior, y para explicar el sentido que los estilos de las agrupaciones tienen, voy a plasmar aquí un artículo que publiqué en el número cero de la revista ‘Tipo, tipo’ (hasta la fecha solo han sido dos números) que comenzaba de la siguiente forma:

 

Al uso pasajero en el modo de vestir, vivir, obrar, sentir y, cómo no, en los gustos, se le llama moda, y dado a que el Carnaval es un modo de vestir, obrar, sentir y, cómo no, en los gustos, y me repito, también disfruta o padece, según el cristal con que se mire, de las modas.

Viéndolo coherentemente más bien creo yo que las modas el Carnaval no las padece, sino más bien lo contrario, las disfruta, ya que las rupturas buscas que representan los cambios no traen sino que se produzcan avances (podría hablar aquí de Hégel, pero creo que quedaría algo pedante), es decir, la historia del Carnaval está señalada por los cambios en los estilos que se han producido en la manera de sentirlo e interpretarlo, en fin, por culpa de las modas.

Modas que, sin embargo, no hacen sino volver una y otra vez al punto de partida. Me explico: ciclos de chirigotas clásicas son seguidos por las ‘modernas’, que a su vez son sucedidas por ‘pelotazos’ que defienden a capa y espada el clasicón tres por cuatro (aquí podría hablar también de Eugenio D’Ors, pero creo que igualmente quedaría pedante).

Después de todos estos líos en el ir y venir de la moda en el Carnaval me pregunto: ¿Qué hago?, ¿qué compongo?, ¿qué escribo?, y siempre estoy con la duda de si subirme al carro de la moda imperante o mantenerme en mis criterios, pero donde no me asalta la duda es ante la pregunta: ¿qué me gusta?, ya que lo tengo claro, mejor dicho, clarísimo: Es cuestión de calidad.

Las ‘moderneces’ y ‘clasiqueces’ (perdón por el invento de las palabras, pero es una licencia que me voy a permitir) no son nada si no existe la calidad; podrán varias los gustos pero la calidad, carnavaleramente hablando, solo tiene un camino.

De nada valen las nuevas tendencias si no hay un fundamento (como dice Arguiñano, sin quedar pedante) en los repertorios, de igual modo que en tiempos de modernidad volver a lo clásico es inútil si no se hace igualando la calidad de lo que antes se hacía, advirtiendo en este caso que haciendo lo clásico en tiempos de ‘moderneces’, es participar de alguna manera en la modernidad.

Pero, para terminar, creo que en el Carnaval en este tema estamos de suerte, porque pueden coexistir todos los estilos, y es precisamente eso mismo, la calidad, la que hace posible ver agrupaciones carnavalescas de diversa índole estilística el mismo año. Todo ello contribuye a engrandecer esta fiesta en la que, como siempre repito y me gusta hacerlo, derramamos nuestra ignorancia, por mucho que digan Hégel, Eugenio D’Ors ni “la mare que los parió”.

 

Seguidamente me gustaría analizar el tema del concurso oficial de agrupaciones, donde precisamente, como expliqué anteriormente, no tenemos necesidades que puedan influir de forma contundente en el reglamento, necesidades de ningún tipo, teniendo que estar atentos a las necesidades políticas, ya que solo tengo que nombrar la palabra ‘carpa’ para que a todos se nos vengan a la mente necesidades políticas que estaban influyendo en la consecución del concurso.

(…) el Carnaval, en su más amplio sentido, somos todos y no paran sus fronteras en el concurso

El concurso, al mismo tiempo que las agrupaciones, es importante como medio y no como fin, planteándome a veces si en este pueblo tan pequeño, con tan pocas agrupaciones, fuera necesaria la existencia del mismo, llegando a la conclusión de que es precisamente el concurso lo que mueve a algunas agrupaciones a prepararse, así es que creo que es necesario, ahora bien, tengo que ‘regañar’, entre comillas, a las agrupaciones que enfocan su Carnaval en el concurso, por todo lo negativo que ello conlleva:

  • Negación de la calle y, por tanto, de la tradición como expliqué al principio.
  • Por el ejemplo que se da a las agrupaciones de diversa índole y callejeras, ya que el Carnaval, en su más amplio sentido, somos todos y no paran sus fronteras en el concurso.

También, cómo no, quiero hacer patente aquí, en esta ponencia, la necesidad perentoria de un marco adecuado para la celebración del concurso, sin que eso tengamos que olvidarlo.

Afortunada, o desgraciadamente (según la exclusividad que se haga o no de él), el concurso ha tomado la suficiente entidad para que tengamos que ser conscientes de la responsabilidad que tienen los autores, y digo autores y no agrupaciones, porque son ellos, mejor dicho, nosotros, los que ponemos nuestro pensamiento, creatividad e ingenio al servicio del Carnaval, responsabilidad que hay que tener bien presente para elevar la fiesta, en lo concerniente al papel que nos toca, al nivel que merece, sin que nadie nos haga ver que no estamos haciendo tradición, todo ello para llevar nuestra labor como bandera.

Los aspectos negativos del concurso se han ido corrigiendo con el paso de los años (y si digo otra vez la palabra ‘carpa’ me confirma la excepción de esa regla), pero con lo que nunca se va a acabar es con la rivalidad, afortunadamente por un lado, ya que esa competitividad hace que se intente escalar en cuanto a calidad se refiere, y desgraciadamente porque aún, y me incluyo, hay gente que en algún momento no ha sabido perder, pero para esto la solución sería contratar un equipo de psicólogos que por medio de complicados test de personalidad, e incluso la vacuna contra la rabia, se encarguen de estos individuos. Naturalmente eso es broma, ya que estoy harto de tanto hablar en serio.

¿Por qué fracasó la escuela de Carnaval?, fracaso en sentido de nivel de asistencia, porque me consta que los monitores hicieron una gran labor. Sería por la fecha, sería por la falta de interés o, mezclando ambas cuestiones, sería porque el interés sobre el Carnaval solo se produce en febrero

Tampoco puedo olvidarme de la formación de lo que en términos futbolísticos se conoce con el nombre de ‘cantera’. Y aquí tengo que lamentarme y hacerme una pregunta: ¿Por qué fracasó la escuela de Carnaval?, fracaso en sentido de nivel de asistencia, porque me consta que los monitores hicieron una gran labor. Sería por la fecha, sería por la falta de interés o, mezclando ambas cuestiones, sería porque el interés sobre el Carnaval solo se produce en febrero. El caso es que ha sido una pena por la oportunidad que teníamos y deberíamos analizar a fondo las causas de la falta de personas interesadas, buscar alternativas y aprender de este fracaso.

En conclusión, pienso que deberíamos mirarnos un poco el ombligo y ser conscientes de la situación crítica por la que atraviesa esta fiesta que para mí, y creo que para todos ustedes, es tan tradicional, para así engrandecerla y llevar al Carnaval al sitio que verdaderamente ocupa dentro de las manifestaciones culturales que un pueblo con nuestras características tiene, y todo ello por lo que el Carnaval tiene de la más bella de las cualidades inherentes de un ser humano: la libertad.»

 

Transcripción de las preguntas a la ponencia de Valeriano Hoyos

 

Oyente.- Que las subvenciones locales sean solo para las agrupaciones de manera que tuvieran que cantar obligatoriamente en todos los sitios que se concertaran previamente por parte de la Consejería y de AGRUCAR, pero que fueran de total cumplimiento para todos.

Ponente.- Creo, respecto a lo que se ha hablado aquí de la Cabalgata, que esta cada vez vale menos como tal, el por qué es evidente. Mientras no entendamos la Cabalgata como CARNAVAL, con mayúsculas, no lo arreglaremos nunca. En cuanto al teatro, para mí solo es una parte más del Carnaval.

 

Oyente.- De lo que adolece el Carnaval en lo referente a la Cabalgata, es que ni existen locales con solera que organicen festejos apropiados donde las agrupaciones se paren y den parte de su repertorio como ocurría antaño, pongo por ejemplo el Café ‘La Perla’.

 

Oyente.- La culpa creo que es de los propios grupos. Antiguamente, las murgas iban recorriendo los locales y no había una Cabalgata como tal.

 

Oyente.- No podemos diferenciar la gente que sale a la calle con la de las agrupaciones.

 

Oyente.- Las agrupaciones tienen que estar más en la calle, incluso pidiendo permisos y vacaciones en sus respectivos trabajos, tal y como se hace en otras ciudades ya conocidas por todos.

 

Oyente.- ¿Por qué concedemos tanta importancia a la subvención? Creo que podemos hacer nuestro propio Carnaval sin depender del dinero que nos da la Consejería.

 

Oyente.- Alberto y Valeriano, ¿érais partidarios de ir a la carpa? Yo tengo entendido que sí.

Ponente.- Si no hubiera existido otra posibilidad, sí. Lo que ocurre es que creo que fuimos consecuentes en nuestra agrupación y cuando se propuso el Cine África creímos que era un lugar idóneo para el concurso, por lo que nos negamos a la carpa.

 

Oyente.- Te estás confundiendo. Tú querías ser imparcial pero no lo fuiste.

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