Dolores dejó el ovillo sobre el regazo y acercó un poco más su pequeño taller doméstico a la ventana. La luz de la tarde entraba tibia e iluminaba la lana celeste de aquella rebequita diminuta que tejía para su nieto recién nacido. Sonrió al pensar en lo pequeñas que eran aún aquellas mangas, en cómo cabría entero entre sus brazos. Sus dedos siguieron el punto casi sin mirar. A ciertas edades, las manos recuerdan solas. Y con ellas llegaron los recuerdos.
Se vio otra vez joven. Cuarenta años tenía entonces. En Málaga el invierno también mordía, pero aquel día nadie quiso quedarse en casa. Manuel le dijo que salieran. Ella cogió la bandera blanca y verde que guardaban doblada y se marcharon.
4 de diciembre de 1977. Todavía podía escuchar el ruido de las calles llenándose, las voces mezcladas, los pasos de mujeres y hombres que no pedían privilegios: pedían sitio. Pedían que los suyos no heredaran resignación.
Dolores caminó aquel día pensando en sus hijos. Pensando que no quería para ellos una vida de cabezas bajas. Que no fueran criados modernos de quienes siempre habían tenido el mando, ni bufones para el entretenimiento de los señoritos. Que no crecieran sintiéndose menos, ni españoles de segunda.
Marchó junto a Manuel y junto a miles más. Y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que la dignidad también podía tener forma de multitud.
Recordaba los cánticos, la emoción y también el peso de lo que ocurrió después. Aquel muchacho, Caparrós. Aquel nombre que ya nunca pudo separarse de aquella fecha.
Dolores siguió tejiendo. Una vuelta. Otra. Miró las manos que ahora sostenían agujas y antes sostuvieron pancartas. Habían pasado décadas. Y el miedo, que parecía haberse quedado atrás, había vuelto.
Suspiró. No le asustaba hacerse vieja. No le importaba siquiera morirse. Lo que le dolía era otra cosa. Que muchos habían olvidado que hubo una generación que salió a la calle para que ellos caminaran más lejos. Que volvían discursos que ella creía enterrados.
Dolores dobló con cuidado la rebequita terminada. La sostuvo un instante entre las manos y pensó que quizá ya no le quedaba demasiado tiempo. Y lo que le partía el alma no era marcharse. Era irse con el miedo de que aquello contra lo que luchó junto a Manuel volviera a encontrar sitio. Y de que fuera su nieto quien lo sufriera.