Dicen los hombres de puerto que El Quijote del Estrecho perdió el juicio una noche de levante, cuando vio arder las aguas entre dos mares y confundió las luces de los mercantes con un escuadrón de gigantes dormidos. Desde entonces navega solo, con un galeón viejo que cruje como un órgano enfermo, persiguiendo corsarios invisibles y verdades que nadie osa mirar de frente.
Mas yo sé —porque lo vi una madrugada fondeado frente a las murallas— que su locura no era sino una manera más honrada de estar triste.
Aquel amanecer, Dulcinea del Estrecho apareció sobre la piedra alta que mira al mar. No llevaba corona ni gesto de reina conquistada; llevaba el viento. El viento entero obedeciéndole las ropas oscuras y la mirada. Había en ella algo antiguo y soberbio, como esos puertos que sobreviven a todos los imperios porque han aprendido a no arrodillarse jamás.
El Quijote se quitó el sombrero con una solemnidad casi ridícula. Luego inclinó la cabeza, no como quien suplica, sino como quien reconoce bandera ajena.
—Muchos vendrán a ofrecerte diamantes robados —dijo—. Te hablarán de poder y de fortuna, y pondrán sobre tu mesa promesas relucientes como monedas recién saqueadas. Mas yo he visto de cerca a esos gigantes que pregonan dominio sobre el mar, y te juro, Dulcinea, que no son gigantes ni son invencibles. Apenas hombres asustados dentro de barcos demasiado grandes.
Ella no respondió. Miraba el horizonte con la calma de quien conoce todas las tormentas antes de que nazcan.
Entonces él continuó hablando, y las palabras le salían mezcladas con sal, como si las hubiese aprendido directamente de las olas.
—A mí no me queda más riqueza que este escuadrón de velas heridas y esta terquedad de perro náufrago. Pero aún puedo hundir algunos barcos, aunque sea por dignidad. Aún puedo mantenerme despierto cuando arrecie la tormenta. Y aún puedo quedarme.
Dulcinea sonrió apenas. No con ternura, sino con esa gravedad orgullosa de las mujeres que han soportado demasiados asedios para dejarse conmover por cualquier trovador del muelle.
El pirata loco comprendió entonces que no hablaba con una dama inventada para consuelo de hombres solitarios, sino con una ciudad viva; una mujer hecha de murallas, de lenguas mezcladas y de siglos mirando de frente a la noche.
Por eso clavó la rodilla en cubierta, no para rendirse, sino para fondear el alma.
—Escúchame bien, Dulcinea del Estrecho —murmuró mientras el ancla descendía hacia el fondo negro—. Yo no he venido a salvarte. Los puertos como tú no necesitan salvación alguna. He venido porque en este mar de embusteros y mercaderes, donde tantos cambian el amor por piedras brillantes y falsas patrias, tú sigues en pie, indómita y hermosa como un faro bajo la tormenta.
El viento calló un instante.
Y el Quijote del Estrecho, con los ojos húmedos de sal y derrota, dijo al fin:
—Si alguna vez mi galeón desaparece, no me llores. Bastará con que recuerdes que hubo un loco que, pudiendo conquistar otras aguas más tranquilas, eligió naufragar para siempre bajo tu nombre.