Faltaban ya pocos números por tachar en el calendario de aquel julio de 2010 cuando una noticia, aparentemente lingüística, adquirió en Ceuta la dimensión de un acontecimiento sentimental. El Diccionario de la Real Academia Española reconocía por fin el término ‘caballa’ como gentilicio de Ceuta. Ya era oficial, aunque llevaba generaciones habitando las calles, los muelles, las aulas, las casas y la memoria compartida de una ciudad entera.

El origen de este singular nombre se pierde entre las aguas del mar. La teoría más aceptada lo relaciona con la abundancia de caballas que históricamente se pescaban en la bahía ceutí y con la íntima vinculación de la ciudad con el mar. Se cuenta que solo en dos jornadas de pesca, en 1899, llegaron a capturarse 60.000 ejemplares.

Lo que nació como un apodo terminó convirtiéndose en una identidad; una palabra capaz de resumir una forma de ser, de vivir y de sentir Ceuta. La RAE no hizo otra cosa que certificar lo que el pueblo llevaba décadas proclamando. Porque las palabras verdaderamente importantes no nacen en los diccionarios: nacen en la vida cotidiana, en los afectos, en las costumbres y en la memoria de quienes las pronuncian.

Con motivo de aquella histórica incorporación al diccionario escribí un pasodoble para la comparsa ‘El truhán del tirititrán’ con la intención de explicar qué significaba realmente ser caballa. Porque caballa nunca fue solamente quien nace o es de Ceuta. Caballa es la historia popular de Pepe y su Pavana; la madre que nos parió a la sombra de las Murallas; el doctor republicano que nos curaba (sí, caballa, aunque no naciera en Ceuta); los garbanzos con chocos, el campero de corazones, el cuscús de los viernes y los panecillos de San Antonio. Caballa es el cañonazo de las doce, paella o mejillones de gañote, la vuelta al Hacho, un domingo en chándal o la imagen única de una Semana Santa coincidiendo con Ramadán.

Aquellos versos también rendían homenaje a quienes llevaron la bandera blanca y negra por toda España para proclamar que Ceuta era mucho más que los tópicos con los que tantas veces se la ha querido simplificar o menospreciar. Mucho más que una ciudad de transistores, paraguas y chaquetas de cuero.

Porque la identidad caballa no nació en ningún despacho académico. La construyeron generaciones enteras de hombres y mujeres que vivieron, trabajaron, soñaron y amaron esta tierra mucho antes de que una institución le otorgara reconocimiento oficial.

La decisión de la Real Academia fue importante. Pero más importante aún fue comprobar que aquella palabra ya pertenecía al corazón de Ceuta. Que había sido defendida, transmitida y heredada de padres a hijos durante décadas. Que formaba parte de nuestro patrimonio sentimental mucho antes de ocupar una entrada en el diccionario.

Por eso, cuando a finales de julio de 2010 el ‘diccionario verdadero’ dio este otro significado oficial al vocablo ‘caballa’, no estaba creando nada nuevo. Simplemente llegaba con años de retraso a una evidencia que los ceutíes conocían desde siempre.

Porque aunque entonces lo reconociera la Academia, hacía mucho tiempo que lo había aprobado la única institución que de verdad importa para que una palabra perdure: la academia del pueblo.

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