“Yo siempre he intentado ser un patriota de los que defienden su patria chica, pero resulta que llevo más tortas que si la insultara o fuera en su contra”. Aquellas primeras palabras del pasodoble que escribí hace una década regresan a mi memoria estos días, cuando parece que la única forma de defender Ceuta pasa por el discurso incendiario y el insulto hacia quienes entendemos que la salida de esta grave crisis, provocada por Marruecos y no resuelta por el Gobierno central, debe abordarse desde el respeto a los derechos humanos y a la dignidad de las personas.

Devolución, sí; pero por los cauces legales y con todas las garantías. Máxime en el caso de menores, cuyos casos deben estudiarse individualmente y cuya voluntad ha de ser escuchada antes de proceder, en determinados supuestos, a devolverlos a una realidad que con demasiada frecuencia olvida que son niños y que muchos de ellos han perdido su infancia tras haber sido víctimas de abusos. ¿Deben los niños estar con sus padres? Por supuesto. Ese es el escenario deseable, siempre que el entorno familiar resulte favorable para el menor y no constituya, por el contrario, una condena de por vida.

La crisis que mantiene a Ceuta muy lejos de la normalidad —mucho más aún en los barrios de la periferia— exige unidad y compromiso por parte de todos para reclamar al Gobierno de España una respuesta institucional que, hasta el momento, ha resultado claramente insuficiente. Pero la unidad no puede empobrecer el debate ni convertirse en una herramienta para silenciar a quienes comparten la misma necesidad y el mismo deseo: que Ceuta recupere la normalidad. Tampoco puede servir para que nadie se erija en supuesto salvador del pueblo.

Desde el partido del que orgullosamente formo parte, Ceuta Ya!, hemos mantenido ese compromiso con la unidad desde el minuto cero. Buena prueba de ello es nuestra participación en la Junta de Portavoces, cuyos pronunciamientos han sido defendidos reiteradamente por el presidente de la Ciudad ante las cámaras de todo el país como si se trataran de una iniciativa propia. Pero aquella exigencia al Gobierno central fue adoptada por la Junta de Portavoces; es decir, por la Asamblea. Y, para desgracia de algunos, de esa Asamblea también forma parte Ceuta Ya!.

Es un partido al que muchos intentan desacreditar de manera constante, llegando incluso a poner en duda su compromiso con Ceuta. Conviene, por ello, recordar que llevamos años trabajando —sin éxito, debido a la negativa del PP de Juan Vivas— para reforzar la españolidad y la seguridad de nuestra ciudad y, por tanto, de sus ciudadanos.

La hemeroteca está ahí para quien quiera consultarla. En ella constan las propuestas que hemos llevado al Pleno en esta materia: convertir Ceuta en Comunidad Autónoma; integrarla en la Unión Aduanera; garantizar la protección de la ciudad y de su población bajo el paraguas de la OTAN; lograr el reconocimiento jurídico de nuestras aguas territoriales, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, defendiendo los derechos que corresponden a nuestro territorio; y exigir la visita del monarca. Esto último lo reclama un republicano, sí, pero antes que nada un caballa que entiende que existen pocos gestos capaces de reforzar tanto una españolidad que debe ser incuestionable.

No sería justo, por su peso simbólico, olvidar que hemos pedido en numerosas ocasiones que el Día de Ceuta fuera el 13 de febrero, como conmemoración del reconocimiento de derecho de Ceuta como ciudad de la Corona española.

Respecto a la posibilidad de convertirnos en Comunidad Autónoma, es evidente que esta medida no acabaría con las pretensiones anexionistas de Marruecos. Pero situaría a Ceuta en pie de igualdad con el resto de territorios autonómicos y permitiría que cualquier agresión contra nuestra ciudad pudiera ser planteada y percibida como lo que es: una agresión contra un territorio español. Como dice mi compañero Julio, “con todas las de la ley”, y no contra un “ente extraño”, contra algo “que nadie sabe lo que es”.

Y volvamos a esa unidad a la que todos apelan. La unidad no puede consistir en asumir las tesis de quienes más gritan mientras los demás guardan silencio. Desde nuestra parte, no vamos a convertirla en un ejercicio de adhesión acrítica ni en la obligación de aplaudir y reproducir el discurso, a mi juicio, profundamente irresponsable de un presidente de la Ciudad que califica de “invasores” a todas las personas que han entrado irregularmente en Ceuta, sin establecer distinción alguna y empleando una palabra cargada de una evidente connotación bélica.

El lenguaje importa. Y mucho. Hablar de “invasores” contribuye a presentar a esas personas como una amenaza colectiva. La generalización termina incluyendo bajo ese mismo término a mujeres y niños. Y eso es, sencillamente, injusto e irresponsable.

El jefe del Ejecutivo local debería tener presente, cada vez que realiza una declaración pública, que representa a todos los ceutíes y que sus palabras pueden generar consecuencias muy diferentes para la sociedad a la que institucionalmente representa. No puede permitirse el mismo discurso que el de cualquier ciudadano que, harto de una situación extraordinariamente compleja, se encuentra con un micrófono en la calle y responde a una encuesta.

Por supuesto que la solución a esta crisis corresponde al Estado. Sin duda alguna. Pero la Administración local también tiene competencias y responsabilidades, especialmente a la hora de garantizar que las personas que entraron irregularmente en Ceuta reciban un trato digno y puedan cubrir sus necesidades básicas mientras permanezcan en la ciudad. Y también a la hora de aliviar la enorme carga que están soportando los vecinos, muchos de los cuales llevan días atendiendo y protegiendo a estas personas y contribuyendo, con su esfuerzo, a evitar un estallido social.

Las competencias de la Ciudad en materia sanitaria están claramente delimitadas. Basta con consultar su propia página web para comprobarlo. De hecho, pocos días después de que Ceuta Ya! y Comisiones Obreras reclamaran un plan de actuación por parte de la Consejería de Sanidad, el área anunció la puesta en marcha de distintas medidas. No parece, por tanto, que estuviéramos tan equivocados cuando señalábamos la falta de actuación.

Vivas podrá seguir acumulando honores. Podrá continuar siendo objeto de veneración por una parte de la sociedad ceutí. Podrá incluso ver ampliada su ya extensa nómina de aduladores. Pero no aceptaré lecciones de patriotismo de quien pertenece a un partido cuyas siglas, demasiadas veces, han estado por delante de Ceuta.

Unidad, siempre. Pero unidad no significa mordaza.

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