Foto: Marina Zapico
Para comenzar, necesito hacer una confesión: me produce vértigo escribir sobre un asunto de extrema gravedad que se traduce en inestabilidad, sufrimiento e incluso pérdidas humanas. Me da respeto abordar un problema tan complejo y lleno de incógnitas. Pero no quiero eludir mi responsabilidad como ciudadano comprometido con Ceuta y con los derechos humanos.
Hablo de Ceuta como hablo de mi madre. Necesito esta ciudad como necesito respirar. Precisamente por eso me duele verla en esta situación.
Ceuta está soportando una presión que no puede afrontar sola. Es imprescindible una respuesta inmediata del Estado. Esta no es una crisis local, sino un desafío de España y de la Unión Europea. Pretender que una ciudad de apenas 85.000 habitantes gestione en solitario esta realidad es, sencillamente, una irresponsabilidad.
Necesitamos más medios y más coordinación. Ceuta no puede seguir abandonada a pie de una frontera que es de España y de Europa. Pero ninguna reivindicación justifica perder nuestra humanidad.
Me preocupa que el debate esté derivando hacia la deshumanización y el odio. Señalar a quienes llegan desesperados no resuelve el problema. Alimentar el miedo tampoco. La respuesta debe construirse desde la responsabilidad, el respeto a la dignidad humana y el rechazo firme al racismo y la xenofobia.
Exijamos más medios. Exijamos más implicación del Estado y de Europa. Pero no sacrifiquemos nuestra humanidad por el camino. Porque la historia no solo juzgará cómo gestionamos esta situación, sino también la humanidad que fuimos capaces de conservar mientras la afrontábamos.

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