Llamaron a la puerta. Eran cuatro chavales que pedían algo de comer. Bastó con mirarlos para comprender la necesidad. Fue hasta la nevera para comprobar qué quedaba. Era sábado y acostumbraba a hacer la compra los domingos, en su día de descanso. Apenas encontró algo: un paquete de pechuga de pavo y, en la talega del pan, dos baguetes que había comprado al mediodía. Con aquello preparó cuatro bocadillos.

Antes de entregárselos pasó por el lavadero, tomó el viejo balón cuyos parches comenzaban a desprenderse y se lo dio también. Que no faltara el pan. Ni el fútbol. Al fin y al cabo, muchas sociedades habían funcionado durante mucho tiempo solo con eso.

—¡No les des comida, que así no se van! ¡Que se vayan a su país!

El grito, procedente de una ventana, quebró el silencio de las miradas cargadas de empatía y gratitud. Todos bajaron la cabeza. Él cerró la puerta de su casa y los cuatro chavales se marcharon sigilosamente hacia la pista deportiva, casi ocupada ya por un campamento improvisado.

Desde la ventana los vio jugar. Uno llevaba una equipación de Hakimi. Otro vestía una camiseta del Polillas, probablemente regalada por algún vecino. Los otros dos llevaban camisetas blancas de tirantes. Los cuatro corrían detrás del balón como si durante un rato no existiera nada más.

Desde aquella ventana, convertida por un instante en palco, contempló un pequeño escenario de fútbol y risas que le pareció mucho más hermoso que cualquier partido de un Mundial que acababa de terminar.

En medio de aquel paisaje de lonas, colchones y bolsas, había surgido entre cuatro chavales la alegría sencilla del juego. La grandeza del fútbol: una semilla capaz de brotar incluso en el terreno más árido.

Pero el grito de la ventana no dejaba de resonarle en la cabeza. Sabía que no había hecho nada malo. Y, sin embargo, temía ser visto como cómplice de aquellos a quienes algunos llamaban «invasores», cuando él solo había visto a cuatro chavales con hambre. Cuatro chavales a quienes no hacía falta preguntar demasiado por su historia para ofrecerles un bocadillo.

Esa noche abrió Facebook. Vio mucho miedo. Era comprensible: nadie sabía quiénes eran los que habían entrado ni a qué venían, aunque en muchos casos estaba claro que buscaban una vida digna de ser vivida. Pero también vio mucho odio. De entre cien publicaciones, una pedía no perder la humanidad. Y ahí las palabras se sucedían unas debajo de otras: «Traidores». «Vendepatrias». «Cómplices de la invasión».

Él pensaba que los adultos que habían entrado en la ciudad debían regresar a su país. Lo pensaba entonces y lo seguiría pensando. Pero no entendía por qué esa convicción tenía que costarle la humanidad. En el caso de los niños, su postura sólo apuntaba a que quienes venían huyendo de una infancia robada encontraran por fin su bienestar.

Durante los días siguientes ayudaba a quien podía, procurando no ser visto, y evitaba hablar del tema. Hasta que dejó de callar.

Entonces llegaron los insultos. Algunos procedían de desconocidos. Otros, de personas con las que había compartido conversaciones, comidas, paseos e incluso muchas de aquellas mismas ideas. El miedo, comprendía, podía convertir la incertidumbre en amenaza y la amenaza en enemigo. Lo que no comprendía era que alguien pudiera mirar a un chaval hambriento y ver antes al enemigo que al niño.

Por las noches pensaba en una ciudad que, además de por el Estado y por el Gobierno local, había sido abandonada por el mismísimo Dios.

Pensaba en las niñas que habían sido violadas, en los menores a quienes no dejaron ser niños, en quienes perecieron en las aguas. Pero también pensaba en los vecinos que apenas dormían para atender a quienes habían llegado, en los mayores que cada vez salían menos de casa, en los niños que habían dejado de jugar en determinadas calles, en quienes se sentían inseguros y en una ciudad que parecía no saber cómo afrontar aquello. Todos sufrían. Y esa certeza era precisamente la que le impedía convertir el sufrimiento de unos en una excusa para negar el de los otros.

La vida seguía, pero nada sería lo mismo. Se seguía cruzando por la calle Real con los mismos, pero lo que antes era una parada para charlar se había convertido en un cumplido «hasta luego». Algunos, incluso, disimulaban con el móvil para evitar cruzar las miradas.

Una herida profunda había quedado al descubierto. De pronto, aquella convivencia de la que Ceuta se enorgullecía le parecía más frágil de lo que había querido creer. Tal vez la sociedad de la que formaba parte llevaba mucho tiempo herida y aquella crisis no había hecho más que arrancarle la venda.

Sin embargo, al día siguiente volvería a levantarse. Volvería a caminar por la calle Real. Porque una cosa era sentirse herido por su ciudad y otra, muy distinta, renunciar a ella.

Apagó la luz. Al día siguiente despertaría en una ciudad que quizá había descubierto que no era la que creía. Pero seguía siendo la suya. Su Ceuta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.