Lo confieso: estoy harto de escuchar y leer alegatos en contra de la juventud. Que si se lo han encontrado todo hecho, que si no están a la altura de las generaciones que les han precedido, que si solo piensan en divertirse… Quizá sea porque, desde mi burbuja ideológica, percibo otra realidad, pero veo muchos jóvenes que dan la cara a pecho descubierto por causas nobles, que alzan la voz contra las injusticias y que quieren un pueblo mejor. Y lo veo en las redes sociales, en las concentraciones y por la calle. Jóvenes que te devuelven la esperanza. Llamadme soñador, o como queráis, pero me emociona ver a esta gente. Y, por suerte, no son pocos.

Antes de juzgar a quienes vienen detrás, quizá convenga preguntarnos qué sociedad les hemos dejado. Yo veo una gran brecha social, veo coexistencia en vez de convivencia, veo a un pueblo que está lejos de estar unido más allá del fútbol, veo una sanidad en la UCI, el enchufismo como camino hacia el éxito, una vivienda imposible para la emancipación y a ciudadanos españoles considerados de segunda categoría. Veo esto y mucho más. Y todo esto lo han permitido, e incluso fomentado, generaciones a las que no pertenecen estos jóvenes.

Dejémosles mirar al pueblo con la autenticidad que permite la juventud. Que vean, que escuchen, que analicen, que interpreten… No sé qué pensáis, pero ellos y ellas son la última esperanza de esta tierra. Démosles la oportunidad de intentar conseguir lo que otras generaciones no han logrado. Solo démosles eso.

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