Hubo un tiempo en el que uno podía sentirse capaz de cambiar un barrio con gestos diminutos. No hacían falta grandes hazañas; bastaban unas entradas para el fútbol y las ganas de hacer soñar a los chavales de la Pantera.

Eran los primeros años del nuevo siglo. El Murube aún olía a nuevo y en Ceuta volvía a respirarse esa fe que solo despierta el fútbol cuando parece capaz de devolverle el orgullo a una ciudad.

Desde el fondo sur, Ultras Kaballas ponía el alma, y yo tenía el privilegio de estar al frente de aquella pequeña locura. Vivíamos noches que parecían imposibles contra el Málaga, Betis, Mallorca o Barcelona. Creíamos que todo estaba por llegar.
Pero, por encima de los partidos, lo que más recuerdo son las vísperas. Las listas de material para el club, con bandera de la «Comunidad Económica Europea» [sic] incluida, las entradas gratuitas y el ritual de recorrer la Pantera llamando puerta por puerta para repartirlas. Aquellos niños no recibían solo un papel para entrar al estadio; recibían la promesa de una tarde distinta, la ilusión de sentirse parte de algo grande. Y yo, mientras caminaba por aquellas calles, me sentía importante. Respetado. El cabecilla de una pandilla que soñaba sin pagar entrada.

Hasta que un domingo la vida decidió recordarme quién era de verdad. Subíamos la cuesta de la petanca de Los Rosales camino del Murube como si fuéramos un ejército. Blanki, Sardinita, Villena, Monchito, Iván el rubio… Todos detrás, entre bromas y cánticos. Yo abría la marcha con esa mezcla de orgullo y chulería que solo sabe llevar un muchacho de barrio. Entonces escuché una voz que atravesó la cuesta.

—¡Juanito, el plátano!

Me giré y allí estaba mi madre, jadeando después de alcanzarnos, con un plátano ya pelado en la mano. Se me había olvidado el postre. A ella, por supuesto, no.

Durante un instante dejé de ser el gallito. Mis amigos se reían y yo notaba cómo se desinflaba aquel personaje que tanto me gustaba interpretar.

Pero, con los años, entendí que aquella escena encerraba una victoria mucho más grande que cualquiera de las vividas en los partidos. Porque hay personas que te hacen sentir importante delante del mundo. Y hay otras que, simplemente, nunca dejan de cuidar de ti.

Hoy sigo sonriendo cada vez que recuerdo aquel «¡Juanito, el plátano!». Entonces pensé que mi madre me había hecho perder un poco de aquel aire de gallito del barrio. Ahora sé que, en realidad, me regaló un recuerdo para toda la vida. Porque hay muchas formas de decir «te quiero», pero pocas tan bonitas como salir corriendo cuesta arriba con un plátano ya pelado, solo para asegurarte de que tu hijo no se quedara sin postre. Y, curiosamente, tantos años después, todavía me sigue recordando el postre.

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