La casa de mi infancia estaba llena de personas y de tiempo. Vivíamos allí mis padres, mis dos hermanos, mi abuelo y yo. Era una vivienda modesta, pero contenía más memoria de la que cabía entre sus paredes.

En el salón, los años se acumulaban sobre los muebles. Sobre la mesa descansaba un cenicero de Cinzano que nadie usaba ya. Tras el cristal de la vitrina esperaba la vajilla que mi abuelo había reunido yogur a yogur con los puntos de Yoplait para el día en que mi hermana se casara. Junto al televisor, un pequeño tarro guardaba tierra del Monte Hacho, obsequio de una campaña de ‘Ceuta Unida’, de aquellos años en que la lucha autonomista estaba en el ADN de los caballas. Había también un botijo blanco con el escudo del Real Madrid y un monigote con bigote cuya identidad jamás llegué a conocer.

Mi abuelo era más madridista que el propio Santiago Bernabéu. Su jugador favorito era Martín Vázquez. Años después, cuando pasaba sus últimos días en el hospital y Martín Vazquez ya no vestía de blanco, fui a verlo y le susurré al oído que el Madrid había vuelto a ficharlo. Pensaba que esa mentirijilla le animaría. No sé si llegó a escucharme. Fue la última vez que lo vi.

Pero entonces aún estaba en casa.
Ocupaba el sillón de siempre. A su lado esperaba la silla de ruedas que utilizaba únicamente para ir por su cuenta hasta el cuarto de baño. Desde allí contemplaba la vida doméstica como quien observa el curso de un río: las discusiones por el mando de la televisión, los deberes sobre la mesa, el trajín de mi madre por el pasillo, las voces que llegaban desde la cocina…

Aquel mediodía había preparado garbanzos con chocos. Le habían salido extraordinarios. Mi madre repitió plato, mis hermanos rebañaron con pan y él, alimentado por aquel triunfo culinario, se incorporó en el sillón con la solemnidad de un viejo almirante.

—Ven acá, chiquillo.
Me senté a su lado.
—¿Sabes que hubo un tiempo en que Ceuta eran dos ciudades?
Negué con la cabeza.
Entonces me habló del puente. Me contó que, al caer la noche, se alzaba y durante unas horas, la ciudad quedaba partida en dos. A un lado estaban las oficinas, las instituciones y los servicios. Al otro, los huertos, los corrales y los caminos de tierra. Dos ciudades distintas contemplándose desde las orillas de una misma oscuridad.

Mientras hablaba, yo imaginaba los faroles reflejados en el agua negra, los centinelas caminando despacio y las familias esperando a que el puente volviera a descender para regresar a casa.

Mi abuelo siguió hablando. Pero los años hacen con las palabras lo mismo que el mar con las piedras: desgastan unas y pulen otras. Muchas las olvidé. Otras permanecieron escondidas en algún rincón de la memoria.

Ahora, cuando recorro las calles de Ceuta, vuelvo a escuchar su voz. El puente ya no se levanta. El foso sigue ahí, pero la división es otra. Invisible (para el que no la quiere ver). Sigue existiendo una ciudad de instituciones, de despachos y edificios públicos, de calles que relucen cuando por ellas ha de pasar el alcalde. Y sigue existiendo otra ciudad, la de las barriadas, donde las aceras se agrietan, donde los servicios llegan tarde y donde la luz se marcha con una frecuencia que ya ni siquiera sorprende a nadie.

A veces pienso que mi abuelo no me estaba contando una historia del pasado. Me estaba adelantando el futuro. Mi presente. Ceuta ha cambiado de coches, de alcaldes y de fachadas. Ha cambiado incluso de puentes. Pero, en el fondo, continúa siendo aquella ciudad partida en dos, separada por un puente que ya no existe y que, sin embargo, nunca terminó de desaparecer.

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